Las mejores frases de El Nombre de la Rosa de Umberto Eco

El nombre de la rosa (título original Il nome della rosa en italiano) es una novela histórica de misterio escrita por Umberto Eco y publicada en 1980.

Ambientada en el turbulento ambiente religioso del siglo xiv, la novela narra la investigación que realizan fray Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso de Melk alrededor de una misteriosa serie de crímenes que suceden en una abadía de los Apeninos ligures.

La gran repercusión de la novela provocó que se editaran miles de páginas de crítica de El nombre de la rosa, y se han señalado referentes que incluyen a Jorge Luis Borges, Arthur Conan Doyle y el escolástico Guillermo de Ockham.




El verdadero amor quiere el bien del amado.

Las únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar.

No todas las verdades son para todos los oídos.

Que tranquila seria la vida sin amor, (…), que tranquila y que insulsa…

Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por lo tanto, es mudo.

La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne.

Nada hay que ocupe y ate más el corazón que el amor.

Es mejor que el que nos infunde miedo tenga más miedo que nosotros.

Los libros no están hechos para pensar, sino para ser sometido a investigación.

Un sueño es una escritura y muchas escrituras no son más que sueños.

El conocimiento hace sufrir y aquel que hace crecer su conocimiento hace crecer también su sufrimiento.

Cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas.

No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación.




Adso: ¿Creéis que este lugar está alejado de la mano de Dios? Guillermo: ¿Conoces algún lugar donde Dios se sienta cómodo?

Los simples son carne de matadero: se los utiliza cuando sirven para debilitar al poder enemigo, y se los sacrifica cuando ya no sirven.

Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía.

En el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía (igual que la del psicoanálisis) coincide con la de la novela policíaca: ¿quién es el culpable?

La ciencia no consiste sólo en saber lo que debe o puede hacerse, sino también en saber lo que podría hacerse aunque quizá no debiera hacerse.

El sabio debe velar de alguna manera los secretos que descubre, para evitar que otros hagan mal uso de ellos. Pero hay que descubrir esos secretos, y esta biblioteca me parece más bien un sitio donde los secretos permanecen ocultos.

El libro es una criatura frágil. Sufre el paso del tiempo, el acoso de los roedores y las manos torpes, así que el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido




(…) E iban matando a todos los judíos que encontraban a su paso, y se apoderaban de sus bienes… ¿Por qué a los judíos? -pregunté. Y Salvatore me respondió: – ¿Por qué no? Entonces me explicó que toda la vida habían oído decir a los predicadores que los judíos eran los enemigos de la cristiandad y que acumulaban los bienes que a ellos les eran negados. Yo le pregunté si no eran los señores y los obispos quienes acumulaban esos bienes a través del diezmo, y si, por tanto, los pastorcillos no se equivocaban de enemigos. Me respondió que, cuando los verdaderos enemigos son demasiado fuertes, hay que buscarse otros enemigos más débiles. Pensé que por eso los simples reciben tal denominación. Sólo los poderosos saben siempre con toda claridad cuáles son sus verdaderos enemigos.

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